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Acerca de « Las cosas que perdimos en el fuego »

Mariana Enriquez

Editorial Anagrama, 2016


Estos cuentos percuten.
Su narración de lo íntimo, de lo que se esconde, de manera carnal, animalesca y desnuda de abalorios, me conquistó, me habita. "El chico sucio" me habita ; fui testigo a la par de la autora (de mi misma generación) de la decadencia del barrio de Constitución, conocí bien esas calles y puedo decir con la legitimidad de quien creció por ese barrio, que hay que ser justa y talentosa como ella para infiltrar las problemáticas sociales, la miseria, la corrupción de menores, la droga, la prostitución, la zona liberada donde se está expuesto a cualquier cosa, la evocación de los olores, de las cuadras con su arquitectura cadavérica, como si el texto cobrara vida en un rosario de cachetazos secos y certeros. Y es que no se pueden describir esas zonas urbanas y esas zonas psíquicas de otra forma más acabada y total. Escribe así en todos los cuentos del libro. Es raro que cada uno de los relatos que integran una compilación me gusten más o menos con la misma intensidad, y éste es uno de esos gratos casos.
Celebro cómo describe las complicidades femeninas, lo ritual, las "transferencias" de una mujer a otra, aquéllo que una empieza y la otra continúa como un designio ("Fin de curso", "Las cosas que perdimos en el fuego"...). Recordé los ojos de Charlotte Gainsbourg recibiendo el contenido de los de Charlotte Rampling, el traspaso de algo misterioso a continuar, en la película Lemming, de Dominik Mola.
Celebro los localismos lejanos de clichés y un peculiar regocijo al reconocer en mi propia vida tantos de esos lugares y sensorialidades que la autora transmite, celebro lo familiar y a su vez, la presencia de lo universal en ellos.
"Tela de araña", "El patio del vecino"...cuentos en donde el hombre aparece como un ser distante de la comprensión de cierto universo femenino, al que teme y así desprecia, subestima, tildando de loca a la mujer protagonista, recursos más fáciles para esos hombres que hacer frente a lo que no dominan.
Celebro el tratamiento de ciertas alienaciones contemporáneas, como en "Verde rojo anaranjado", extraña y potente historia, tan real, tan actual, con menciones inclusive a la "Dark web".
"Bajo el agua negra" (del Riachuelo) es un golpe de tinta lóbrega a la corrupción policial, al abuso de su autoridad, a la degeneración causada por la miseria y la iniquidad en un sistema funesto. El cuento desentierra o, mejor dicho, pesca en el agua podrida, pedazos putrefactos de realidad de la villa Riachuelo que aquí aparece como "del Puente Moreno", atrapada en la red de una impunidad policial macabra y del abandono más profundo. Al leer "Bajo el agua negra", se respira lo irrespirable del Riachuelo, esa sustancia viscosa y negra de aguas servidas y deshechos industriales, un río sin oxígeno, hipóxico y tóxico. Se narra la contaminación industrial causante de malformaciones en los habitantes de aquella villa. En este y en el resto de los universos impenetrables que evoca la escritora, aparecen mujeres venciendo el miedo, capaces de lo inenarrable, portadoras de un poder de lo femenino que traspasa el muro de lo racional.
Recomiendo estos cuentos que no son amenos, son brasas ardientes que no pueden no dejar secuelas a cualquier par de ojos sensibles a nuestras realidades. No son cuentos de horror fantástico, el horror que los atraviesa es el nuestro, el de nuestra sociedad, el de nuestra historia. El horror es que todo eso existe. Todo eso que algunos poderes cínicos y deshumanizados quieren ocultar, aquí se desata y nos sacude.


 
La Nieta de Delia
21 mars 2017

 
 
 
 
 
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