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La Uruguaya

Pedro Mairal

Libros del Asteroide, 2016, 142 p.

Este libro me generó un sentimiento parecido al que tengo hacia un buen amigo. Es un hombre fuerte que me lleva unos años, y que parece bien parado en la vida. Pero le falta crecer. Eso pensé durante muchas páginas de “La Uruguaya”. Lucas, el protagonista, es insoportable. Más de cuarenta, medio dandy, como flotando. Mairal lo caracteriza de manera muy divertida pero a mí no me bastaba. “Le falta algo” le contesté a mi esposa – ella me recomendó el libro – cuando me preguntó lo que me parecía. Era como leer un libro adolescente. Nada más normal que el protagonista vea a su hijo como un “enano borracho” : un adulto lo ve como un niño, él no podía. Yo había prometido que iba a terminar el libro… pero varias veces me costó retomar la lectura. Y de repente, no recuerdo bien en que momento de la narración, me di cuenta que tomábamos rumbo hacia algún lugar. Desde ese momento no solté más esta corta novela. Intento recordar… creo que es cuando la uruguaya dice algo sobre Peter Pan. Es el libro de un crecimiento. No voy a contar lo que le pasa al protagonista en Uruguay. Pero lo que pasa – casual o no, no importa – provoca el repentino crecimiento del hombre. Crece porque se da cuenta. Se da cuenta que ama a la madre de su hijo, que se debería enseñar como criar a un niño (es decir que su propia vida no se lo ha enseñado), toma en cuenta el consejo de su amigo acerca de olvidarse de sus ficciones – el protagonista es escritor – y de escribir lo que le pasó en Montevideo. Y es lo que hará. Soltará sus sueños de poeta solitario (aunque con mucama y baby sitter) y se dedicará a escribir lo que le pasó, lo que daña y lo que llora. Se da cuenta que la vida puede ser grande y a nuestra medida a la vez, que prefiere tocar bien el ukulele que mal la guitarra. La guitarra siempre le había quedado muy grande entre las manos, como la vida vista desde la altura de un niño. Crece porque se da cuenta de la importancia del hospital público, de la escuela pública… mientras él intentaba evadir impuestos. Hasta ahora había sido el artista “cheto”, rebelde de su clase social privilegiada, pero sin haber dejado de soñar con el dinero ; crecer, de repente, significará tener que trabajar todo un año para pagar sus deudas (es “crecer” en el sentido que tener bastante plata como para no trabajar es una suerte de ficción, porque no se puede imaginar un mundo en el cual sería así para todo el mundo) ; crecer es darse cuenta que los bienes comunes valen más que la angurria burguesa. El dinero como símbolo está presente hasta en la referencia al poeta Rimbaud : si recuerdo bien, el también llevaba su dinero pegado contra su panza en un cinturón durante sus expediciones por África, después de haber dejado la poesía. ¿Crecer ? A veces es olvidarse una biografía en un hotel. Ciertos nativos de Norteamérica practicaban ceremonias con rituales y pruebas muy dolorosas para pasar de la niñez a la edad adulta (recuerdo un libro de imágenes que tenía de niño : se veía un joven, catorce o quince años, colgado por ganchos insertos bajo la piel…). Probablemente la historia impacta tanto, también, porque cuenta algo de nuestras generaciones. Pero sobre todo, la novela de Mairal cuenta un pasaje a la adultez. Y es como mi amigo que mencionaba al principio : a veces insoportable, pero es mi amigo. Y al fin y al cabo crecerá, creceremos.


 
Leo S. Ross
3 juillet 2017

 
 
 
 
 
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